Entre las personas interesadas por la lengua, el tema de las interferencias preocupa muchísimo. Si uno se dedica a una profesión en la que se le supone un buen dominio lingüístico, una de las pesadillas es que le digan que ‘aquella expresión es un calco del inglés’ o que en esta frase ‘hay una catalanada’. Evidentemente, hay otros posibles (y más graves) problemas: que el texto sea inconexo, demasiado barroco o ambiguo, que se escape alguna falta de ortografía de calado, que el título no tenga gancho o que el conjunto sea poco interesante. Eso último es lo peor. Y (nos) sucede. Pero lo cierto es que los idiomas, para lo bueno y para lo malo, no son un compartimento estanco.
Aunque el idioma materno ocupa, curiosamente, menos espacio en nuestro cerebro que aquellos que se adquieren con posterioridad, el hecho es que aprendemos sumando. Y, al sumar, claro, incluso el más disciplinado corre el riesgo de mezclar, embarullarse y confundirse. Pero lo que me parece interesante es que somos cada uno de nosotros en nuestros pequeños entornos, los que decidimos qué nos gusta del otro idioma o aquello a lo que no vamos a renunciar del nuestro.
Voy a los ejemplos: conocí a una mujer alemana que vivía en Estados Unidos y hablaba un inglés impecable. Pero, eso sí, cuando estaba de acuerdo con algo, en medio de sus estructurados discursos, utilizaba esencialmente el término alemán: ‘genau’. Por algún extraño motivo cognitivo, que desconozco, el ‘genau’ era su forma única y personal de expresar que aquello era exacto; que sí, que estaba de acuerdo. Otro caso: el ‘dai’ italiano. Es útil, funcional, nos va bien y, cuando uno decide aprender italiano, lo incorpora en un santiamén. Nos gusta y no nos importaría tener uno similar en nuestro idioma. Lo adoptaríamos.
Me ha sucedido en más de una ocasión que, en el trabajo, pendiente de un texto tardío, de aquellos que se hacen esperar, recibo finalmente el documento adjunto con un ‘et voilà!’ en el asunto del mail. Y, con eso, por un mecanismo que también desconozco, el autor impuntual se hace perdonar un poco. Es difícil replicar un ‘et volià’ con un ‘¡ya era hora!’ Y así estamos, desarmados, recibiendo textos a destiempo con una pasmosa resignación.
El catalán sabe mucho de eso (de resignación y de calcos); y no hemos logrado renunciar ni al ‘vale’ ni al ‘bueno’. Lo hemos intentado con ahínco, pero una gran mayoría demuestra que ahí están, que los tenemos más vivos que nunca y que, con honrosas excepciones, nos parecen de lo más expresivo. ¿Es eso malo? Diría que no; la contaminación está en la pobreza léxica general, en la pérdida de la sintaxis propia, en el desconocimiento de los recursos de la lengua, pero quizá no es tan grave saber que las palabras que pululan desordenadamente por ahí, a veces, se dejan querer. Las hacemos nuestras cada día con naturalidad. Al fin y al cabo, los idiomas no están sujetos (aún) a derechos de autor.
Ester Capdevila
Licenciada en periodismo y coordinadora editorial.
Posgrado en traducción audiovisual.
Alumna del curso de AulaSIC Web 2.0 para traductores






4 comentarios
Aliya escribió:
7 julio, 2012, a las 1:21 PM (UTC 2 )
Hola Ester,
sí, es así, salpicamos nuestro habla con palabras (no palabras parásitos, ¡ojo!) de otros idiomas. Me pasa constantemente :) Lo curioso es que, cuando hablo en castellano, entretejo alguna que otra palabra rusa, sobre todo, cuando estoy con mi pareja (pobrecito, pronto hablará ruso, gracias a mi manera peculiar de mezclar idiomas); al contrario, en mi ruso, de alguna forma mágica, se intercalan palabras en castellano o inglés :))
Me ha gustado tu artículo – demuestra una vez más que “todos, todos y todos” adoptamos alguna que otra cosa :))
Un saludo,
Alía
Ester Capdevila escribió:
8 julio, 2012, a las 6:08 PM (UTC 2 )
Gracias, Alía.
Sí, es cierto. Nadie se escapa de ello, pero supongo que solo nos damos cuenta cuando somos nosotros directamente los que chocamos una y otra vez con la interferencia. Siempre he pensado que es más difícil mezclar cuando se trata de idiomas de raíces muy distintas, pero supongo que, por lo que comentas, no es exactamente así. De manera que, cada uno, según lo que oye o los idiomas que habla, acaba conformando su propio y peculiar diccionario. Estoy de acuerdo contigo con lo de las ‘palabras parásito’… ¿Quizá el ‘vale’ lo es? ;)
Ester
Ester Capdevila escribió:
5 julio, 2012, a las 4:28 PM (UTC 2 )
Gracias, Iolanda.
Sí, del espacio que ocupa el idioma materno habla con más profundidad el blog siguiente: http://palabrademedico.blogspot.com.es, en su artículo del 10 de mayo (¿Qué idioma prefieres preservar?) Por cierto, ¿te has fijado en el título del blog? ;)
Ester
iolanda escribió:
5 julio, 2012, a las 10:14 AM (UTC 2 )
Muy bueno, Ester, me ha encantado.
Y es cierto, yo misma suelto expresiones en inglés de tanto en tanto porque no consigo encontrar un equivalente en catalán o castellano que expresen lo que quiero decir con tanta exactitud.
Lo que no sabía es lo del espacio en el cerebro. No te acostarás…